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Una ventana a la carretera (Antonio Pereira)

El sacristán colocó en el torno las vinajeras y algún otro objeto litúrgico; luego, el servicio, ya vacío y sin una miga, del desayuno del señor capellán. La carga fue recogida del otro lado en cosa de un jesusamén. Entonces, el sacristán tomó el azafate que contenía alba y casulla, cíngulo, estola y manípulo, y ni siquiera intentó pasarlo por el torno, donde sabía que entraría demasiado justo: se agachó con desgana hasta lo que resultó ser un cajón disimulado, y allí puso el equipo que recién sirviera para la misa conventual. Una mano invisible, desde el otro lado de la pared, debió de tirar hacia dentro, pues el cajón desapareció unos instantes para volver en seguida a su posición habitual.

Era todo ello una maniobra repetida día tras día, Cuaresma tras Cuaresma, Adviento tras Adviento, desde la Circuncisión hasta la acción de gracias del Año Viejo.

Ya se alejaba el fámulo, pisando quedo con las zapatillas de paño a cuadros que en todo tiempo calzaba, cuando desde más allá de la pared salió la voz cascada de sor Salvadora:

–Eh, Desiderio, ¿a que no sabes cuántos años llevas en el convento?

–¡Qué sé yo! Lo menos quince.

–Dieciséis. Hoy hace justo los dieciséis. Me acuerdo porque es la víspera de nuestra Santa Fundadora...

–Otros tantos tendría yo entonces.

–Pero no te pesará haberlos doblado en esta Casa de Dios.

–¡Y aunque me pesara...!

Desiderio no debía de tener ganas de cháchara; se alejó a sabiendas de que contrariaba a la tornera locuaz, o acaso por lo mismo. Para aquella tarde había sido convidado, y este era un raro suceso en su vida sin relieves. Por esto decidió aligerar las tareas, y sus pasos fueron apagándose sobre las losas del patio.

El patio del convento era un cuadrilátero recatado y casi silencioso; el rumor confuso de los carros y de algún coche, colándose con sordina desde la calle (que era también carretera de tercer orden), aún hacía más patente la calma del recinto. Siempre vagaba allí un olor fresco, fruto de la limpieza extremada y de las plantas. Aquel día de verano, además, olía a la pintura reciente de las puertas, que habiendo recibido una imprimación de color rojo lucían ya su definitivo verde oscuro. Las tales puertas eran cuatro, sin contar la que daba a la calle: una, principal, estaba ennoblecida en su dintel por dos ángeles acogedores y era entrada solemne para las novicias que se obligaban a la clausura. En lado menos notable había un gran portón, amplio como para carros, suficiente al trasiego de los bienes materiales que el convento producía o gastaba. Otras dos eran puertas de menor anchura, pero serviciales en todo momento, pues conducía una al locutorio para las visitas, y del locutorio a la sacristía, y de allí a la iglesia, mientras la otra llevaba a la doble vivienda de capellán y criado.

Desiderio era el criado del convento, por resumir en un solo título las funciones tan diversas que ejercía: sacristán en la hora del alba para la misa, demandadero a media mañana para hacer la compra, corretero para los recados, cachicán en la huerta, procurador para pequeños negocios entre el claustro y el siglo...

Al cruzar por entre los arriates, Desiderio atusó el ramaje de una hortensia alicaída; dio dos pasos atrás y, los brazos en jarras, contempló la planta con ternura materna. Luego subió las escaleras, en busca de su habitáculo, y hallose en el pasillo, largo, demasiado largo, que corría por el frente del caserón revelando la idea de su piadoso alarife: llevar las habitaciones hacia dentro, asomándolas al pudor monástico de la huerta, mientras a la calle se medio abrían los huecos indispensables para tomar un poco de luz y aire. Alguna de estas celosías dejaba ver, no obstante, un trozo de carretera por donde sonaba el palpitar del pueblo.

Desiderio se aupó y puso su mirada en el exterior. Lo hacía de vez en cuando; sobre todo, los días de mercado, que atraían una concurrencia mayor. De los pueblos vecinos llegaban entonces los paisanos con sus productos para vender, de modo que el ambiente era alegre y de esperanza. La fruta estaba a cargo de las rapazas, para que los mozos quedaran en el campo con las tareas más duras.

Dos aldeas abastecen principalmente al mercado de la pequeña ciudad: San Tirso y Valdeperón. San Tirso es un pueblecillo fértil, pero rodeado de montañas ásperas y sombrías. Su fruta es buena de tamaño, enteriza y dura para viajar, escasa de dulzor. Las chicas de San Tirso son altariconas y algo secas de carnes, poco amigas de cachondeos. En Valdeperón, aunque se asienta la aldea a escasa distancia de su competidora, en otro valle, las mozas son pecheronas, joviales y generosas hasta donde lo permite la decencia, un punto más a veces, y la fruta de allí es menuda y delicada, con zumos efímeros pero de exquisito sabor.

Desiderio había advertido estas diferencias. A veces, al pasar las de Valdeperón meneando los cachirulos bajo el peso de las cerezas alegres, los pensamientos se le iban al célibe por camino torcido. Y no le gustaba. Desiderio sabía que el criado de monjas no hace más votos o promesas que los de servir fielmente, levantarse en punto, no excederse en las murmuraciones y cobrar poco, pero aun así se sentía ligado al altar y a la pureza que parece exigir el contacto con las cosas del culto. No había tenido novia; apenas se le había pasado por el magín. Lo cierto es que nunca sintió una mayor necesidad. Solo algunos sobresaltos y curiosidades, mayormente en el tiempo de la fruta madura y de las noches cortas y calientes.

Dejó el mirador precario del pasillo y fue a su habitación. Allí estaría un par de horas de la mañana, hasta que saliera, cesta al brazo, a las comisiones de la Casa. Aprovechaba aquel tiempo en su oficio de sastre. Apenas debía coser para el convento, pues las propias monjas se bastaban, salvedad hecha de los pantalones del padre capellán. Hacía arreglos de poca monta, daba vuelta a los abrigos chafados, cogía pequeños encargos que le llevaban las vecinas. Volvía a la aguja entre la cena tempranera y el sueño. Las monjas se lo permitían y aun le estimulaban a ello; así se tranquilizaban por la parvedad del salario, aunque esto no fuese culpa de ellas, sí de su pobreza. Las clientas decían que Desiderio se daba maña. La jueza, muy amiga de esparajismos, llegaba a llamarle «manitas de plata». Y Lucas el tendero, masón presunto, que en Cubita aprendiera ideas disolventes, empujaba al mozo a Barcelona, donde en pocos meses podría perfeccionar su oficio –«el arte sartorial», decía siempre–, liberándose de la sosa servidumbre a lo monjil. Pero Desiderio, que estaba mantenido –bien mantenido– y con sus pocas necesidades cubiertas, vivía en un limbo feliz.

Desiderio se había hecho una idea propia de la felicidad: no cambiar. Cuando las quintas, púsose en los huesos con la pena; tanto, que libró por estrecho de pecho. Idéntico, monótono, seguro era el contorno humano de su vida. Al herrero hacía dieciséis años que lo escuchaba golpear a igual ritmo sobre el yunque. El mismo tiempo llevaba la del Fiel Contraste, de pechos contra la barandilla del corredor, parando con su parloteo a cuantos pasaban por la calle. Sonando sus cazuelas lañadas, los mismos pobres de siempre, como si el caldo de la caridad los hiciese inmortales. Y el capellán, que repetía sus piadosas maneras sin dejar un agujero a la sorpresa. Y las propias monjas, calcando cada día los toques campaniles del día anterior...

Desiderio sospechaba que aquello no era la felicidad completa, porque en unos años de proximidad al púlpito había podido oír más de cien veces, casi siempre en voz tonante, que la dicha total no es de este mundo. No, no era la felicidad, pero le faltaba poco. Él hubiera preferido –por ejemplo– que le trajeran paños nuevos de Béjar para su arte, y no recomposturas y chapuces. Algunas veces –pocas, ya lo dijimos–, una mujer que en la cama le quitara el frío y los sueños temerosos. Y, sobre todo, un cuarto con ventana a la carretera...

Le hubiera gustado habitar al exterior, no frente a la soledad de las huertas, aún acentuada en la noche por el rumor tenebroso del río. Por la carretera pasaban los mozos rondadores, los borrachos y los serenos. No cerraba la cantina su puerta hasta la madrugada, y aun después quedaba viviente el horno del señor Venancio, entregado a su trabajo nocturno de fabricar el pan de cada día. Vivir hacia la carretera era vivir a salvo. Para atrás, en cambio, Desiderio sentía la soledad y el miedo, sin que le consolara demasiado la vecindad del capellán, sordo como los muros del cenobio.

La hora de la siesta. El pueblo, adormilado, no arrojaría señal de vida si no fuera por el martillar implacable del herrero, pero este se copiaba a sí mismo con tal monotonía que los golpes llegaban a ser una manera de silencio.

Desiderio miró su reloj de bolsillo; luego, nervioso, puso unos últimos y largos pespuntes a la prenda que sostenía en las rodillas. Lo habían convidado a un bautizo de rumbo, en Valdeperón. Allí conservaban las monjas «El Mirador», finca que hace tiempo les fuera donada por un ilustre caballero, padre natural de extensa prole, al fin arrepentido y dadivoso en el trance de la muerte. Una fiel dinastía de hortelanos llevaba en arriendo la tierra, mediante pacto que se revisaba cada cuarto de siglo. El colono de entonces era puntual y adicto, como lo fueran sus padres y abuelos; la desgracia se había cernido durante años sobre su matrimonio, pues de varios descendientes que le había concedido el Señor todos eran mujeres. Por fin, un varón tardío acababa de nacer para alegría de los caseros y tranquilidad de las monjas. El señor Saturio había corrido al convento con la noticia de su paternidad reciente, y la abadesa en persona le había felicitado. El capellán, que cada vez salía menos de su celda, alelado como estaba con el cultivo de la ciencia botánica, disculpose para no ir al bautizo, de modo que la embajada pasó a Desiderio.

Se aseó el mozo en el palanganero de su cuarto. Aunque la barba le crecía rala, apuró el afeitado hasta que le saltaron aquí y allá pintas de sangre. Sacó el traje de los domingos y la camisa blanca. No tenía corbata; una vez había usado este adorno –préstamo oficioso de la jueza, que tuvo que hacerle el nudo–, y solo mientras duró la visita del señor obispo.

Sor Salvadora estaba al acecho:

–Ave María Purísima.

–Sin pecado concebida.

Lo llenó de recomendaciones:

–Que no bebas.

–Y si bebo, qué.

–Que no vengas después de las diez.

–Vendré cuando sea.

–Que vayas arreglado como es debido.

–Voy como voy.

–No te juntes con los mozos del pueblo.

–Me juntaré con las mozas.

–¡No me faltes, Desiderio!

–¡Ni usted a mí!

La vieja tornera y el criado se pinchaban mutuamente. Ella era gruñona y seca; él, picajoso y respondón. Alguien que les oyera sin verlos podría pensar que la voz varonil procedía de la clausura, y al revés.

–Lleva estos dulces con cuidado, que son regalo de nuestra madre.

–Por mí, como si llegan espachurraos.

–Y no olvides el paraguas, que amenaza nube por la Ventela.

El criado cogió el envoltorio de golosinas y salió a la calle. El portón del convento chirrió detrás. La tarde agosteña estaba limpia y clara, pero Desiderio no pudo sobreponerse a la advertencia de sor Salvadora: volvió por el paraguas. Siempre le pasaba lo mismo: reñía con la tornera, pero no podía librarse de su influencia. El señor Lucas le sacaba luego los colores a la cara, diciéndole que estaba amujerado por culpa de las monjas.

Yendo hacia Valdeperón es forzoso pasar por la tienda del señor Lucas. Trátase de un comercio mixto donde además de los artículos más diversos se despacha vino al menudeo sobre el mostrador, con acompañamiento de escabeche y pan si lo pide el parroquiano. La tienda hay que verla en su momento de gloria, que es el mercado de los miércoles, y aún más en las ferias del 9 y 22 de cada mes.

Aquella tarde de verano, aunque ya casi vencida la hora de la siesta, solo las moscas se manifestaban, zumbando, en el recinto oscuro.

El forjador habría ido a refrescar la garganta o estaría aliviándose de alguna necesidad, pues el martillo no cantaba sobre el yunque. Los pasos del criado resonaban en la calle silenciosa. El señor Lucas, que tenía el oído fino para distinguir las pisadas, salió a la puerta, alertado por el sonar de los zapatos domingueros. Rio con sorna:

–¡Pero si es Siro! Anda, tú, ¿pues no parece que vas a casarte...?

No era solo el señor Lucas: toda la vecindad llamaba Siro al demandadero de las monjas. Más valía un diminutivo que un apodo, pues el nombre propio se le respetaba en el barrio a contados personajes. Uno de ellos era el tendero, quizá porque algunos liberales, a pesar de su credo, aguantan menos libertades que los demás.

–¿Y acaso usted no se casó, eh, señor Lucas? –dijo el mozo en tono zalamero, parándose ante la puerta.

–Hombre, eso también es cierto –el tendero se había apoyado en el quicio y fumaba con parsimonia. Echó una bocanada de humo y continuó con seriedad fingida:

–Como tú parece que ni fu ni fa...

Siro había aprendido con el tiempo a tener correa, pero aun así sintió un cierto calor en las mejillas. Se acercó al otro hombre y aparentando decisión le soltó en voz baja una barbaridad alusiva a sus respectivas virilidades. El de la tienda estalló en una risotada grosera, palmeando al mozo con entusiasmo.

Todavía charlaron un rato. El señor Lucas, que en su fondo debía de guardar aprecio al criado, insistía siempre en lo de Barcelona. En su juventud recorriera él mismo mucho mundo, y si había vuelto fue –según decía– por culpa de los bronquios. No cejaba en su defensa de la libertad, fuese la política o la personal. A esta última atribuía su viudez, que no le valía de mucho, pues todos sabían la dictadura de una criada joven y buena moza que con él habitaba. Algo sobre el asunto hubiera soltado Desiderio, para sacarse la espina de agravios recibidos. Pero a tanto no se atrevió.

Siguió Siro su viaje y pronto pudo verse en el camino vecinal: una legua larga hasta Valdeperón. De la montaña bajan carriles aún peores, por donde viene hacia la villa el personal de las aldeas. Para vender sus productos y comprar lo necesario, pasan parte de su vida por tales sendas desdichadas, más tristes aún si el recado es para buscar médico o botica. Al propio Desiderio lo habían bajado un día de feria. Lo ajustaron con las monjas, y allí quedó temeroso y solo, aprendiendo los latines de la misa por un cartón sobado que traía en rojo las palabras del cura y en negro las contestaciones del ayudante. Malos le fueron aquellos tiempos noviciales, aunque se viera más limpio y alimentado que en la aldea. Los chicos del barrio, sobre todo, lo entristecían con su ensañamiento. Seguían al criado cuando iba con la cesta del convento a los mandados y le inventaban retahílas y coplas estúpidas:

Mozo de cura
siega verdura,
mozo de cura
siega verdura...

Y otra, que le mortificaba aún más:

Siro, Sirín,
con el culo de serrín.
Siro, Sirín,
con el culo de serrín...

Al principio se revolvía y contestaba con piedras, pero este era el juego de la pequeña canalla, que volvía a la carga con más entusiasmo. El tiempo fue pasando a favor del rapaz, pues los perseguidores se cansaron, atraídos por otros pasatiempos y crueldades.

Tampoco le faltaron al cuitado las pullas de los mayores, que le escocían todavía más. Un día, en la tienda, el señor Lucas salió en defensa de Desiderio hasta encararse con un faltón. Desde entonces –pues el tendero era hombre de influencia– nadie se atrevió a mayores excesos, salvo el propio señor Lucas, claro, que se reservaba la exclusiva de hostigar al chico cuando le parecía bien.

Siro iba buscando la sombra, con su traje nuevo y la barba recién apurada. En la mano, el paraguas, tan bien enrollada la tela sobre el mango, que más parecía bastón. Los pasos de Siro eran meticulosos para que el polvo no lastimase la brillantez de los zapatos.

Por una fuente próxima al camino, medio oculta entre la umbría de los castaños, conoció el viajero que ya estaba a un cuarto de legua de Valdeperón. El agua había manado allí por un prodigio antiguo de la Virgen. El sacristán pasó el paraguas y el paquete de golosinas a la mano izquierda, y con la derecha hizo la señal de la cruz.



II

Aquella misma fuente del Milagro, que tal es su bendito nombre, fue saludada por Desiderio a la hora del regreso. El hombre hizo la cruz, con menos devoción que a la ida, y avivó sus pasos bajo la noche. Tenía permiso hasta las diez, que ya eran pasadas, y aún le quedaba una caminata antes de avistar el convento. Pensó que a la mañana siguiente no sería agradable la salutación de sor Salvadora.

Las fiestas de Desiderio se relacionaban con el año litúrgico y su mayor relieve estaba en la repostería. Eran de puertas adentro, casi como si el mozo perteneciese a la clausura. Solo en junio, por San Pedro, salía a las cucañas y carreras de sacos. Algo tenía visto de cine: El signo de la cruz y La canción de Bernadette, por lo menos.

La fiesta de aquella tarde, en Valdeperón, había sido muy diferente. Desiderio iba recreándola en su memoria mientras marchaba ligero por el camino polvoriento, ya sin compasión para los zapatos deslucidos.

El señor Saturio era hombre de principios; su respeto a las instituciones estaba por encima de todo. El señor Saturio recibió al sacristán como representante legítimo de la madre abadesa y de la venerable comunidad. Ya antes del bautizo se le ofreció a Desiderio el vino más chispeante y el asiento mejor, para reposo de su andadura. Una vieja mujer de la familia le llamó señor Desiderio, y al criado le subió a las narices un tufillo de incienso, como en la novena de la Fundadora.

La casa de los labradores estaba fresca, con una limpieza que se adivinaba reciente. En la sala principal había una imagen; aunque la huerta tenía flores abundantes, eran de plástico las que adornaban a la Virgen.

Iban acudiendo los convidados; todos miraban, con más o menos disimulo, para las anchas fuentes que soportaban la dulcería. Desiderio recordó que aún tenía en la mano el paquete de melindres de la abadesa. Le fue agradecido con largos cumplimientos.

La mujer del señor Saturio no estaba para gobernar la casa, por el sobreparto. Una hermana suya la sustituía, y no podría decirse que con desventaja. La cuñada del casero era moza robusta y bien dispuesta para el trabajo. Se llamaba Rosinda. Todo en ella denunciaba vigor. Representaría treinta y cinco años a la gente de la ciudad, pero los del campo saben descontar el estrago de las sementeras, y de las siegas, y de las vendimias, de manera que acertarían al echarle treinta.

No era la primera vez que Desiderio veía a Rosinda. Iba esta de vez en cuando a la villa y pasaba por delante del convento con una cesta más cargada que ninguna otra. Un día de feria coincidieron ambos en la tienda de Lucas. El viejo camastrón bromeaba con la rapaza, aprovechando que el local se había vaciado de parroquia. Los ojos del viudo echaron chispas cuando asomó el criado del convento. Este supo después que la moza tenía fama de enredadora.

Aunque Desiderio conociera a Rosinda, nunca se había fijado en ella como la tarde del bautizo. Alguna vez tenía admirado con secreto gusto, viéndola pasar por la carretera, la redondez firme de sus pechos o las piernas bien plantadas, territorios que representaban a la imaginación de Siro lo más verdadero de la mujer. Sin embargo, no había reparado en la expresión de sus ojos, mezcla de dominación y burla. Ni en el vello que ligerísimo le sombreaba el labio, sobre la boca contradictoria, que se adivinaba cruel y sabrosa al mismo tiempo. No había percibido, en fin, el aire de bravura que exhalaba la moza en sus movimientos arriscados.

Nunca Desiderio se había interesado tanto por una mujer. Es verdad que nunca había estado tan cerca de una mujer. Rosinda pasaba una vez y otra, rozando las rodillas juntas y apretadas del sacristán, que se mantenía sentado con decoro en su silla, siempre sin desprenderse del paraguas. Pensó el fámulo que no se estaría a disgusto al calor de una tal hembra. Pareció como si ella adivinara el elogio mental de Desiderio, pues, aprovechando aquella pasada, se las arregló para que el hombre sintiera la carne fresca y pujante, y por reforzar su intención aún clavó ojos y sonrisa en el turbado lego, que no hubiera acertado a recordar entonces, de sus conocimientos litúrgicos, ni siquiera el amén.

Llegó la hora y marcharon a la iglesia. El cura honró a Desiderio con familiaridad, como admitiendo que pertenecían ambos a un mismo menester. Alegrose el sacristán con ello, y pronto hubo de pagarlo. Le pidió el párroco que ayudase en la ceremonia, pues no había monaguillo. Desiderio quiso excusarse, pero se lo rogaba el señor Saturio, y hasta Rosinda, que iba a ser la madrina. Accedió Desiderio a responder ritualmente, pero de ninguna manera a revestirse con ropón y roquete. Todo salió como los ángeles. El sacristán de la villa decía los latines con más elegancia que el propio cura, a juzgar por las miradas admirativas de Rosinda, que no escapaban a la sensibilidad alertada de Desiderio.

Todo esto lo iba evocando el andador solitario en su viaje de vuelta. Fue interrumpido por un encuentro: gente de paz que daba las buenas noches y seguía. El campo era una sinfonía de cigarras. Miró el hombre al cielo, alto y clavado de estrellas. Le dio rabia el paraguas. Rosinda se había reído de su precaución, con una risa que todavía le estaba hiriendo.

Volvió a coger el hilo de los recuerdos. Había corrido sin tacañería el vino de la tierra. El roscón se acompañaba con aguardiente de guindas. Fue luego cuando Rosinda y Desiderio se tropezaron en la huerta, sin saber bien el porqué, ya abrochada la oscuridad de la noche sobre Valdeperón.

Aquí se le confundía la memoria a Desiderio. Sabía lo que había ocurrido, ¡cómo lo podría olvidar!, pero apenas acertaba a recordar los pormenores: solo sensaciones mal hilvanadas, como el olor espeso de una higuera en la noche, la suavidad de un plumón escondido, el restallar de una seda de fiesta que se abre...

Desiderio se notó empapado en sudor. Pensó en la huerta, que un noble arrepentido cediera para beneficio perpetuo de las monjas, y se preguntó, inquieto, si sobre aquel lugar los pecados serían sacrilegios. La respuesta le llegaba confusa: debía de ser la voz de la conciencia, una voz aburrida, como de tornera.

Su desazón hubiera seguido creciendo si no brillaran ya próximas las luces de la villa. Cuando cruzaba el puente sobre el río, una nube de verano empezó a descargar en gruesos goterones. Siro fue a abrir su paraguas, pero, de repente, pensó que no lo haría. Desiderio González Blanco, mayor de edad, soltero, doncel hasta aquella noche, de profesión criado de monjas, siguió despacio su camino, sin inquietarse por la hora, indiferente a la tormenta, solo con duelo porque el señor Lucas no pudiera verle en aquella sublevación que el paraguas cerrado levantaba hacia las alturas.

Cayó rendido el mozo sobre su camastro de hierro, entre las sábanas limpias. Soñó que tenía sastrería propia, un obrador con ventana a la carretera, y que Rosinda dormía con él en una misma cama. Rosinda le echaba la pierna por encima, y él estaba acurrucado y quieto, sometido pero feliz, mientras la voz de sor Salvadora se colaba por la pared clamando Ave María Purísima, Ave María Purísima...


Una ventana a la carretera (1967)




 

Ediciones Siruela
Título: Todos los cuentos
Autor: Antonio Pereira
Prólogo de: Antonio Gamoneda
Colección: Libros del Tiempo. 313.
ISBN: 978-84-9841-653-4
Código de almacén: 7501313
Edición: 1ª, 2012
Encuadernación: Cartoné (Disponible en EPUB)
Dimensiones: 140 x 215 mm
Tema: Cuentos contemporáneos - literatura en castellano
Idioma de publicación: Español