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Mi amor en vano (Soledad Puértolas)

A Polo

1

La primera vez que Violeta se detuvo en medio de las escaleras, yo subía y ella bajaba. Se apartó un momento para dejarme pasar, siguió con los ojos los movimientos de mis muletas, como asegurándose de que no me iba a caer, y finalmente me dijo que vivía en el quinto izquierda. No le gustaba tener que esperar a que el ascensor llegara hasta su piso, siempre había alguien que se lo quitaba en el camino y eso la ponía nerviosa, así que se lanzaba escaleras abajo al menor inconveniente. Violeta me dio esas informaciones y siguió hacia abajo.

Cada vez que coincidía con ella por las escaleras, se detenía un momento y me contaba algo. Cosas de su familia, como si yo le hubiera pedido que lo hiciera o como si creyera que, en mi condición de nuevo vecino de la casa, yo tuviera necesidad de recabar datos sobre los otros, los vecinos de siempre y todos los que habían llegado antes que yo.

Que trata del nacimiento y juventud de Athanasius Kircher, el héroe de esta historia (Jean-Marie Blas de Roblès)

En este día consagrado a Santa Genoveva, tercero del año 1690, yo, Caspar Schott, sentado como un escolar cualquiera en una de las mesas de la biblioteca confiada a mi cuidado, me dispongo a relatar la vida ejemplar del reverendo padre Athanasius Kircher. Este hombre modesto, autor de obras edificantes que dejaron el sello de su inteligencia en la historia, vivió siempre a la sombra de sus libros. Aspiro fervientemente a ser perdonado por la audacia de querer descorrer este velo y con discreta luz iluminar un destino que la gloria ya se ha encargado de hacer inmortal.

Antes de acometer tan ardua tarea, me encomiendo a María, nuestra Santa Madre, que Athanasius nunca invocó en vano, para que guíe mi pluma y le permita trazar verazmente la vida del hombre que fue mi maestro durante cincuenta años y me hizo el favor, con orgullo lo proclamo, de honrarme con su amistad verdadera.

Una ventana a la carretera (Antonio Pereira)

El sacristán colocó en el torno las vinajeras y algún otro objeto litúrgico; luego, el servicio, ya vacío y sin una miga, del desayuno del señor capellán. La carga fue recogida del otro lado en cosa de un jesusamén. Entonces, el sacristán tomó el azafate que contenía alba y casulla, cíngulo, estola y manípulo, y ni siquiera intentó pasarlo por el torno, donde sabía que entraría demasiado justo: se agachó con desgana hasta lo que resultó ser un cajón disimulado, y allí puso el equipo que recién sirviera para la misa conventual. Una mano invisible, desde el otro lado de la pared, debió de tirar hacia dentro, pues el cajón desapareció unos instantes para volver en seguida a su posición habitual.

Era todo ello una maniobra repetida día tras día, Cuaresma tras Cuaresma, Adviento tras Adviento, desde la Circuncisión hasta la acción de gracias del Año Viejo.