Lumen publica los 'Poemas' de un autor que, pese a la nostalgia, celebró "el sol y la dicha, que todavía lucen"
El mediocre pastel de Hiemer nos presenta a un Hölderlin joven, muy joven (en 1792, el poeta tiene veintidós años), de nariz abrupta, ojos rasgados y boca generosa. Su piel es fresca, como su edad; su pelo, sin embargo, es cano. Heine, que escribe en 1833, no menciona a Hölderlin en La escuela romántica. Habla del genio de Goethe, de su fría grandeza, así como de la tiniebla religiosa de los hermanos Schlegel. De Hölderlin no dice nada. Aún así, es fácil determinar su linaje. El magisterio de Lessing, tan admirado por Heine, la "noble sencillez y apacible grandeza" de Wincklemann, acompañan la claridad alada del poeta. En Hölderlin, no obstante, se expresa una categoría no prevista en el recto elucidario del historiador del Arte: la alegría, la gratitud, el canto por los dones recibidos. Su Grecia es, en cualquier caso, una Grecia solar soñada desde la oscuridad germana.